
Mientras buscaba dentro del vaso las palabras que mi mente no
se dignaba a encontrar y removía sin mucho entusiasmo el té, mi padre
capturaba el momento con una media sonrisa en los ojos y la nariz arrugada.
Debido a su miopía y, por tanto, a sus lentes gruesas (e indiscutiblemente
horteras), ese instante debía durar al menos unos minutos.
Discretamente, para no tirar por la borda el trabajo que realizaba al intentar ignorar su no-pulso, celebré haber encontrado aquellos versos perdidos en el fondo del recipiente y pegué un sorbo a la bebida: Estaba demasiado caliente y me ardió, sin poder evitarlo, la lengua.
Aún guardo la retahíla de sonidos qué más que gruñidos eran maldiciones contra los camareros, contra el té y contra mi padre; Habían hecho que perdiera nuevamente el hilo de mis pensamientos, habían vuelto las voces a hundirse.